Julio César Loma Peinado*
Desde los albores de la civilización, pasando por la Revolución Industrial y aterrizando en la Contemporaneidad nuestra, el instinto humano, en todas las manifestaciones sociales, culturales, económicas y biológicas ha apostado, en su egoísmo ancestral, a ganar mientras otros pierden. En todos los Estados del Planeta, la generación, crecimiento y distribución de la riqueza nacional fue y es, incuestionablemente injusta. Por esa razón, Rousseau, el célebre ginebrino, coautor de la tesis del Contrato Social, se preguntaba “yo no sé si hay cien hombres que pertenecen a un mundo, o hay un mundo que pertenece a cien hombres”.
La historia de los pueblos está saturada, desde siempre, de la aborrecible “suma cero”, consignada en la teoría de los juegos, donde los resultados desproporcionados y unilaterales (pocos ganadores, muchos perdedores), configuran una plataforma social, abundante en ingredientes humillantes y explosivos. Ese fenómeno, globalizado desde tiempos inmemoriales, ocurrió y ocurre incesantemente, en el seno de las corporaciones, fraternidades y en las relaciones interpersonales cotidianas. La presión de los “excluidos o perdidosos”, no ha logrado, a pesar de los riesgos de los “triunfadores”, provocar un ambiente de equilibrio y bienestar.
La sociedad boliviana, desde distintos estratos sociales, vive, unas veces con solidaridad material y moral, y otras con indiferencia, algo parecido a la relación de San Francisco de Asís y el lobo de Gubbio, éste último, incomprendido y aporreado por los comunarios porque, desde hacía mucho tiempo, se comía las ovejas del lugar. El Santo de Asís, que transformó a la bestia, dándole de comer en su propia mano, escuchó las razones del animal y terminó comprendiéndolo… “cuánta hambre y cuántos inviernos, Francisco” le decía, como queriendo justificar su conducta.
Pongámonos a mirar nuestros barrios periféricos, nuestras calles y avenidas, las orillas de los caminos, los canales de drenaje, los puentes, las terminales rodoviarias, los mercados populares, y veremos seres humanos parecidos al lobo de Gubbio, abandonados, incomprendidos, con hambre y mucho frío, sin la presencia ni la solidaridad crística de Francisco.
La suma negativa, (o suma cero) es condenatoria para todas las comunidades del orbe y, su contra, la alternativa facilitadora de la equidad y concordia, es la activación y desarrollo de la suma positiva (mecanismo “ideal” con el cual todos ganamos).
Pujemos pues, sin reticencias ni prejuicios, en dirección de un mundo armónico y justo, para coexistir pacíficamente, reconociendo, permanentemente, la existencia del marginal, del otro, (principio de alteridad) a quien no le llega las “bondades” de las estadísticas. Ahorrémosle algo de dolor, contribuyendo a elevar sus niveles de supervivencia y, afinando nuestras sensibilidades, sigamos la filosofía aleccionadora de Benito Juárez, ex presidente indígena mejicano, quien postulaba y sostenía que, “entre las personas, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”.
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